Memorias de un paraguas - Manuel Gutiérrez Nájera



Manuel Gutiérrez Nájera nació en México en 1859, murió en 1895.
Vivo observador y cronista de su época, fue uno de los fundadores de la Revista Azul, donde se difundía el modernismo de su país. Una parte importante se su obra se publicó en periódicos mexicanos. Muchos de sus trabajos parecieron bajo distintos seudónimos: El cura de Jalatlaco, El duque Job, Puck, Junius, Recamier, Mr. Can-Can, Nemo, Omega, entre otros.


Memorias de un paraguas

Nací en una fábrica francesa, de más padres, padrinos y patro­nes que el hijo que achacaban a Quevedo. Mis hermanos eran tantos y tan idénticos a mí en color y forma, que hasta no sepa­rarme de sus filas y vivir solitario, como hoy vivo, no adquirí la conciencia de mi individualidad. Antes, en mi concepto, no era un todo ni una unidad distinta de las otras; me sucedía lo que a ciertos gallegos que usaban medias de un color igual y no po­dían ponerse en pie, cuando se acostaban juntos, porque no sabían cuáles eran sus piernas. Más tarde, ya instruido por los viajes, extrañé que no ocurriera un fenómeno semejante a los chinos, de quienes dice Guillermo Prieto con mucha gracia, que vienen al mundo por millares, como los alfileres, siendo tan difícil distinguir a un chino de otro chino, como un alfiler de otro alfiler. Por aquel tiempo no meditaba en tales sutilezas, y si ahora caigo en la cuenta de que debía haber sido en esos días tan panteísta como el judío Spinoza, es porque vine a manos de un letrado, cuyos trabajos me dejaban ocios suficientes para esparcir mi alma en el estudio.
Ignoro si me pusieron algún nombre; aunque tengo enten­dido que la mayoría de mis congéneres no disfruta de este envi­diable privilegio, reservado exclusivamente para los machos y las hembras racionales. Tampoco me bautizaron, ni había para qué dado el húmedo oficio a que me destinaban. Sólo supe que era uno de los novecientos mil quinientos veintitrés millo­nes que habían salido a luz en aquel año. Por lo tanto, carecí desde niño de los solícitos cuidados de la familia. Uds., los que tienen padre y madre, hermanos, tíos, sobrinos y parientes, no pueden colegir cuánta amargura encierra este abandono lasti­moso. Nada más los hijos de las mujeres malas pueden com­prenderme. Suponed que os han hecho a pedacitos, agregando los brazos a los hombros y los menudos dientes a la encía; ima­ginad que cada uno de los miembros que componen vuestro cuerpo es obra de un artífice distinto, y tendréis una idea, vaga y remota, de los suplicios a que estuve condenado. Para colmo de males, nací sensible y blando de carácter. Es muy cierto que tengo el alma dura y que mis brazos son de acero bien templa­do; pero, en cambio, es de seda mi epidermis y tan delgada, tenue y transparente que puede verse el cielo a través de ella. Además, soy tan frágil como las mujeres. Si me abren brusca­mente, rindo el alma.
A poco de nacido, en vez de atarme con pañales ricos, me redujeron a la más ínfima expresión para meterme dentro de una funda, en la que estaba tan estrecho y tan molesto como suelen estar los pasajeros en los vagones de Ramón Guzmán. Esa envoltura me daba cierto parecido con los muchachos elegantes y con las flautas; pero esta consideración no disminuía mis su­frimientos. Sólo Dios sabe lo que yo sufrí dentro del tubo, sacando nada más pies y cabeza entre congojas y opresiones indecibles. Los verdugos me condenaron a la sombra, encerrándome duramente en una caja con noventa y nueve hermanos míos. Nada volví a saber de mí, envuelto como estaba en la obscuridad más impenetrable, si no es que me llevaban y traían, ya en hombros, ya en carretas, ya en vagones, ya, por último, en barcos de vapor. Una tarde, por fin, miré la luz, en los almacenes de una gran casa de comercio. No podía quejarme. Mi nueva insta­lación era magnífica. Grandes salones, llenos de graderías y corredores, guardaban en vistosa muchedumbre un número in­calculable de mercancías: tapetes de finísimo tejido, colgados de altos barandales; hules brillantes de distintos dibujos y colo­res cubriendo una gran parte de los muros; grandes rollos de alfombras, en forma de pirámides y torres; y en vidrieras, apara­dores y anaqueles, multitud de paraguas y sombrillas, preciosas cajas policromas, encerrando corbatas, guantes finos, medias de seda, cintas y pañuelos. Sólo para contar, enumerándolas, todas aquellas lindas chucherías, tendría yo que escribir grandes volú­menes. Los mismos dependientes ignoraban la extensión e im­portancia de los almacenes, y eso que, sin pararse a descansar, ya subían por las escaleras de caracol para bajar cargando gruesos fardos, ya desenrollaban sobre el enorme mostrador los hules, las alfombras y los paños o abrían las cajas de cartón henchidas de sedas, blondas, lino, cabritilla, juguetes de transparente por­celana y botes de cristal, guardadores de esencias y perfumes.
A mí me colocaron, con mucho miramiento y atención, en uno de los estantes más lujosos. La picara distinción de castas y de clases, que trae tan preocupados a los pobres, existe entre los paraguas y sombrillas. Hay paraguas de algodón y paraguas de seda, como hay hombres que se visten en los Sepulcros de Santo Domingo, y caballeros cuyo traje está cortado por la tijera diestra de Chauveau. En cuanto a las sombrillas, es todavía ma­yor la diferencia: hay feas y bonitas, ricas, pobres, de condición mediana, blancas, negras, de mil colores, de mil formas y ta­maños. Yo desde luego conocí que había nacido en buena cuna y que la suerte me asignaba un puesto entre la aristocracia paragüil. Esta feliz observación lisonjeó grandemente mi amor propio. Tuve lástima de aquellos paraguas pobres y raquíticos, que irían, probablemente, a manos de algún cura, escribiente, tendero o pensionista. La suerte me reservaba otros halagos: el roce de la cabritilla, el contacto del raso, la vivienda en alcobas elegantes y en armarios de rosa, el bullicio de las reuniones ele­gantes y el esplendor de los espectáculos teatrales. Después pude advertir con desconsuelo que la lluvia cae de la misma suerte para todos; que los pobres cuidan con más esmero su paraguas, y que el destino de los muebles elegantes es vivir menos tiempo y peor tratados que los otros.
En aquel tiempo no filosofaba como ahora: me aturdía el ir y venir de los carruajes, la animación de compradores y em­pleados: pensé que era muy superior a los paraguas de algodón y a los paraguas blancos con forro verde; repasé con orgullo mis títulos de nobleza, y no preví, contento y satisfecho, los decai­mientos inevitables de la suerte. Muchas veces me llevaron al mostrador y otras tantas me despreciaron. Esto prueba que no era yo el mejor ni el más lujoso. Por fin, un caballero, de buen porte, después de abrirme y de transparentarme con cuidado, se resignó a pagar seis pesos fuertes por mi graciosa y linda personita. Apenas salí del almacén, dieron principio mis suplicios y congojas. El caballero aquel tenía y tiene la costumbre de remolinear su bastón o su paraguas, con gran susto de los tran­seúntes distraídos. Yo comencé a sentir, a poco rato, los síntomas espantosos del mareo. Se me iba la cabeza, giraban a mis ojos los objetos, y Dios sabe cuál habría sido el fin del vértigo, si un fuerte golpe, recibido en la mitad del cráneo, no hubiera ter­minado mis congojas. El golpe fue recio; yo creí que los sesos se me deshacían; pero, con todo, preferí ese tormento momen­táneo al suplicio interminable de la rueda. Sucedió lo que había de suceder; quedé con la cabeza desportillada, y no era cierta­mente para menos el trastazo que di contra la esquina. Mi dueño, sin lamentar ese desperfecto, entró a la peluquería de Micoló. Allí estaban reunidos muchos jóvenes, amigos todos de mi atarantado propietario.
Me dejaron caer sobre un periódico, cuyo contenido pude tranquilamente recorrer. ¡La prensa! Yo me había formado una idea muy distinta de su influjo. El periódico, leído de un extre­mo a otro, en la peluquería de Micoló, me descorazonó comple­tamente. Era inútil buscar noticias frescas, ni crímenes dramáti­cos y originales. Los periódicos, conforme al color político que tienen, alaban o censuran la conducta del Gobierno; llenan sus columnas con recortes de publicaciones extranjeras, y andan a la greña por diferencias nimias o ridículas. En cuanto a noticias, poco hay que decir. La gacetilla se surte con los chismes de pro­vincia o con las eternas deprecaciones al Ayuntamiento. Sabe­mos, por ejemplo, que ya no gruñen los cerdos frente a las casas consistoriales de Ciudad Victoria, que plantaron media docena de eucaliptus en el atrio de tal o cual parroquia; que pasó a mejor vida el hijo de un boticario en Piedras Negras; que faltan losas en las calles de San Luis y que empapelaron de nuevo la oficina telegráfica de Amecameca. Todo esto será muy digno de mención, pero no tiene mucha gracia que digamos. Las ocurrencias de la población tienen la misma insignificancia y monotonía. Los revisteros de teatros encomian el garbo y la elegancia de la Srita. Moriones; se registran las defunciones, que no andan, por cierto, muy escasas; se habla del hedor espantoso de los mingitorios, de los perros rabiosos, de los gendarmes que se duermen, y para fin y postre, se publica un boletín del Obser­vatorio Meteorológico, anunciando lo que ya todos saben, que el calor es mucho y que ha llovido dentro y fuera de garitas. Mejor sería anunciar que va a llover, para que aquellos que carecen de barómetro sepan a qué atenerse y arreglen conve­nientemente sus asuntos.
Dicho está: la prensa no me entretiene ni me enseña. Para saber las novedades, hay que oír a los asiduos y elegantes concu­rrentes de la peluquería de Micoló. Yo abrí bien mis oídos, de­seoso de la agradable comidilla del escándalo. Pero las novedades escasean grandemente, por lo visto. Un empresario desgraciado, a quien llaman, si bien recuerdo, Déffossez, ha puesto pies en polvorosa, faltando a sus compromisos con el público. Las ter­tulias semanarias del Sr. Martuscelli se han suspendido por el mal tiempo. Algunos miembros del Jockey Club se proponen traer en comandita caballos de carrera para la temporada de otoño, con lo cual demuestran que, siendo muy devotos del sport, andan poco sobrados de dinero o no quieren gastarlo en lances hípicos. Las calenturas perniciosas y las fiebres traen in­quieta y desazonada a la población, exceptuando a los boticarios y a los médicos, cuya fortuna crece en épocas de exterminio y de epidemia. En los teatros nada ocurre que sea digno de con­tarse y una gran parte de la aristocracia emigra a las poblaciones comarcanas, más ricas en oxígeno y frescura.
No hay remedio. He caído en una ciudad que se fastidia y voy a aburrirme soberanamente. No hay remedio.
* * *
A tal punto llegaba de mis reflexiones, cuando el dueño que me había deparado mi destino, ciñéndome la cintura con su mano, salió de la peluquería. No tardé mucho tiempo en recibir nue­vos descalabros, ni en sentir, por primera vez, la humedad de la lluvia. Los paraguas no vemos el cielo sino cubierto y obscure­cido por las nubes. Para otros es el espectáculo hermosísimo del firmamento estrellado. Para nosotros, el terrible cuadro de las nubes que surcan los relámpagos. Poco a poco, una tristeza inmensa e infinita se fue apoderando de mí. Eché de menos la antigua monotonía de mi existencia; la calma de los baúles y anaqueles; el bullicio de la tienda y el abrigo caliente de mi funda. La lluvia penetraba mi epidermis helándome con su húmedo contacto. Fui a una visita; pero me dejaron en el patio, junto a un paraguas algo entrado en años y un par de chanclos sucios y caducos. ¡Cuántas noches he pasado después en ese sitio, oyendo cómo golpean los caballos, con sus duros cascos, las losas del pavimento y derramando lágrimas de pena, junto al caliente cuarto del portero! Es verdad que he asistido algunas ocasiones al teatro, beneficio de que no habría disfrutado en Europa; porque allí los paraguas y bastones, proscritos de las reuniones elegantes, quedan siempre en el guardarropa o en la puerta. Pero ¿qué valen estas diversiones, comparadas con los tormentos que padezco? He oído una zarzuela cuyo título es: Mantos y capas; pero ni la zarzuela me enamora ni estoy de humor para narraros su argumento. Un paraguas que pertenece a un periodista y que concurre habitualmente al teatro desde que estuvo en México la Sontag, me ha dicho que no es nueva esta zarzuela y que tampoco son desconocidos los artistas. Para mí todo es igual, y sin embargo, soy el único que no escucha como quien oye llover, los versos de las zarzuelas españolas.
En el teatro he trabado amistades con otros individuos de mi raza, y entre ellos con un gran paraguas blanco, cuyo dueño, según parece, está en San Ángel. Muchas veces, arrinconado en el comedor de alguna casa, o tendido en el suelo y puesto en cruz, he hecho las siguientes reflexiones: –¡Ah! ¡Si yo fuera de algodón, humilde y pobre como aquellos paraguas que solía mirar con menosprecio! Por lo menos, no me tratarían con tanto desenfado, abriéndome y cerrándome sin piedad. Saldría poco: de la oficina a la casa y de la casa a la oficina. La solícita esposa de mi dueño me guardaría con mucho esmero y mucho mimo en la parte más honda del armario. Cuidarían de que el aire me orease, enjugando las gotas de la lluvia, antes de enrollarme, como hoy lo hacen torciendo impíamente mis varillas. No asistiría a teatros ni a tertulias; pero ¿de qué me sirve oír zarzuelas malas o quedarme a la puerta de las casas en unión de las botas y los chanclos? No, la felicidad no está en el oro. Yo valgo siete pesos; soy de seda; mi puño es elegante y bien labra­do; pero a pesar de la opulencia que me cerca, sufro como los pobres y más que ellos. No, la felicidad no consiste en la rique­za: preguntadlo a esas damas cuyo lujo os maravilla, y que a solas, en el silencio del hogar, lloran el abandono del esposo. Los pobres cuidan más de sus paraguas y aman más a sus mujeres. ¡Si yo fuera paraguas de algodón!
¡O si, a lo menos, pudiera convertirme en un coqueto para­sol de lino, como esos que distingo algunas veces cuando voy de parranda por los campos! Entonces vería el cielo siempre azul, en vez de hallarlo triste y entoldado por negras y apretadas nublazones. ¡Con qué ansia suspiro interiormente por la apaci­ble vida de los campos! El parasol no mancha su vestido con el pegajoso lodo de las calles. El parasol recibe las caricias de la luz y aspira los perfumes de las flores. El parasol lleva una vida higiénica: no se moja, no va a los bailes, no trasnocha. Muy de mañana, sale por el campo bajo el calado toldo de, los árboles, entretenido en observar atentamente el caprichoso vuelo de los pájaros, la majestad altiva de los bueyes o el galope sonoro del caballo. El parasol no vive en esta atmósfera cargada de perni­ciosas, de bronquitis y de tifos. El parasol recorre alegremente el pintoresco lomerío de Tacubaya, los floridos jardines de Mixcoac o los agrestes vericuetos de San Ángel. En esos sitios veranea actualmente una gran parte de la aristocracia. Y el parasol con curre, blanco y limpio, a las alegres giras matinales; ve cómo travesea la blanca espuma en el colmado tarro de la leche, descansa con molicie sobre el césped y admira el panorama del Cabrío. Hoy en el campo las flores han perdido su dominio, cediéndolo dócilmente a la mujer. Las violetas murmuran enfa­dadas, recatándose tras el verde de las hojas, como se esconden las sultanas tras el velo; las rosas están rojas de coraje; los lirios viven pálidos de envidia, y el color amarillo de la bilis tiñe los pétalos de las margaritas. Nadie piensa en las flores y todos ven a las mujeres. Ved cómo salen, jugueteando, de las casas, desprovistas de encajes y de blondas. El rebozo, pegado a sus cuerpos como si todo fuera labios, las ciñe dibujando sus con­tornos y descendiendo airosamente por la espalda. Una sonrisa retozona abre sus labios, más escarlatas y jugosos que los mirtos. Van en bandadas, como las golondrinas, riendo del grave con­cejal que descansa tranquilamente en la botica, del cura que va leyendo su breviario, de los enamorados que las siguen y de los sustos y travesuras que proyectan. Bajan al portalón del para­dero; se sientan en los bancos, y allí aguardan la bulliciosa en­trada de los trenes. Las casadas esperan a sus maridos; las solte­ras, a sus novios. Llega el vagón y bajan los pasajeros muy cargados de bolsas y de cajas y de líos.
Uno lleva el capote de hule que sacó en la mañana por miedo del chubasco respectivo; otro, los cucuruchos de golosi­nas para el niño; éste, los libros que han de leerse por las noches en las gratas veladas de familia; aquél una botella de vino para la esposa enferma, o un tablero de ajedrez.
Los enamorados que, despreciando sus quehaceres, han ve­nido, asoman la cara por el ventanillo, buscando con los ojos otros ojos, negros o azules, grandes o pequeños, que correspon­dan con amor a sus miradas. Muchos, apenas llegan cuando vuelven, y por ver nada más breves instantes a la mujer habi­tadora de sus sueños, hacen tres horas largas de camino. En la discreta obscuridad de la estación, suelen cambiarse algunas cartas bien dobladas, algunas flores ya marchitas, algunas almas que se ligan para siempre. De improviso, la campanilla suena y el tren parte. Hasta mañana. Los amantes se esfuerzan en seguir con la mirada un vestido de muselina blanca que se borra, la estación que se aleja, el caserío que se desvanece poco a poco en el opaco fondo del crepúsculo. Un grupo de muchachas atre­vidas, que, paseando, habían avanzado por la vía, se dispersa en tumulto alharaquiento para dejar el paso a los vagones.
Más allá corren otras, temerosas del pacífico toro que las mira con sus ojos muy grandes y serenos. El tren huye: los enamorados alimentan sus ilusiones y sus sueños con la lectura de una carta pequeñita; y el boletero, triste y aburrido, cuenta en la plataforma sus billetes. En la estación se quedan, cuchi­cheando, las amigas. Algunas, pensativas, trazan en la arena, con la vara elegante de sus sombrillas, un nombre o una cifra o una flor. Los casados que se aman vuelven al hogar, contán­dose el empleo de aquellas horas pasadas en la ciudad y en los negocios. Van muy juntos, del brazo; la mamá refiere las travesuras de los niños, sus agudezas y donaires, mientras ellos saborean las golosinas o corren tras la elástica pelota.
¡Cómo se envidian esos goces inefables! Cuando la noche cierre, acabe la velada, y llegue la hora del amor y del descanso, la mujer apoyará, cansada, su cabeza en el hombro que guarda siempre su perfume; los niños estarán dormidos en la cuna y las estrellas muy despiertas en el cielo.
* * *
Parasol, parasol: tú puedes admirar esos cuadros idílicos y castos. Tú vives la honesta vida de los campos. Yo estoy lleno de lodo y derramando gruesas lágrimas en los rincones salitrosos de los patios. Sin embargo, también he conseguido cobijar aventuras amorosas. Una tarde, llevábame consigo un joven que es amigo de mi dueño. Comenzaba a llover y pasaban, apresurando el paso, cerca de nosotros, las costureras que salían de su obrador. Nada hay más voluptuoso ni sonoro que el martilleo de los ta­cones femeniles en el embanquetado de las calles. Parece que van diciendo: –¡Sigue! ¡Sigue! Sin embargo, el apuesto joven con quien iba no pensaba en seguir a las grisetas, ni acometer empresas amorosas. Ya habrán adivinado Uds., al leer esto, que no estaba mi compañero enamorado. De repente, al volver una esquina, encontramos a una muchacha linda y pizpireta que corría temerosa del chubasco. Verla mi amigo y ofrecerme, todo fue uno. Rehusar un paraguas ofrecido con tanta cortesía hu­biera sido falta imperdonable; pero dejar, expuesto a la intem­perie, a tan galán y apuesto caballero, era también crueldad e ingratitud. La joven se decidió a aceptar el brazo de mi amigo. Un poeta lo ha dicho:
La humedad y el calor
Siempre son en la ardiente primavera
Cómplices del amor.
Yo miraba el rubor de la muchacha y la creciente turbación del compañero. Poco a poco su conversación se fue animando. Vivía lejos y era preciso que atravesáramos muchas calles para llegar hasta la puerta de su casa. La niña menudeaba sus pasos, muy aprisa, para acortar la caminata; y el amante, dejando des­cubierto su sombrero, procuraba abrigarla y defenderla de la lluvia. Ésta iba arreciando por instantes. Parecía que en cada átomo del aire venía montada una gota de agua. Yo aseguro que la muchacha no quería apoyarse en el brazo de su compa­ñero ni acortar la distancia que mediaba entre sus cuerpos. Pero ¿qué hacer en trance tan horrible? Primero apoyó la mano y luego la muñeca y luego el brazo; hasta que fueron caminando muy juntitos, como Pablo y Virginia en la montaña. Muchas veces el aire desalmado empujaba los rizos de la niña hasta la misma boca de su amante. Los dos temblaban como las hojas de los árboles. Hubo un instante en que, para evitar la inminente colisión de dos paraguas, ambos a un propio tiempo se inclina­ron hasta tocar mejilla con mejilla. Ella iba encendida como grana; pero riendo, para espantar el miedo y la congoja. Una señora anciana, viéndolos pasar, dijo en voz alta al viejo que la cubría con su paraguas:
–¡Qué satisfechos van los casaditos!
Ella sintió que se escapaba de sus labios una sonrisa llena de rubor. ¡Casados! ¡Recién casados! ¿Por qué no? Y la amorosa confesión que había detenido en muchas ocasiones el respeto, la timidez o el mismo amor, salió, por fin, temblando y balbu­ciente, de los ardientes labios de mi amigo.
* * *
Ya tú ves, parasol, si justamente me enorgullezco de mis buenas obras. Esas memorias, lisonjeras y risueñas, son las que me dis­traen en mi abandono. ¿Cuál será mi destino? Apenas llevo una semana de ejercicio y ya estoy viejo. Pronto pasaré al hospital con los inválidos, o caeré en manos de los criados, yendo enfer­mo y caduco a los mercados. Después de pavonearme por las calles, cubriendo gorritos de paja y sombreros de seda, voy a cubrir canastos de verdura. Ya verás si hay razón para que llore en los rincones salitrosos de los patios.